FABIO QUINTILIANO

Nació en Calahorra alrededor del año 35 d. de C., y marchó a Roma donde, tras completar su formación, llegó a ser un célebre abogado. Con el tiempo alcanzó tan alta reputación que Vespasiano creó una cátedra de Retórica para él. Fueron discípulos suyos Plinio el Joven, Juvenal, Suetonio y Tácito. 
Quintiliano, siguiendo a Cicerón, concibe la Retórica como el arte del saber, y la ofrece como una base sólida para la educación liberal. La Retórica, tarea del abogado, es, según él, un marco de referencias en el que se encuadra toda la actividad educativa.
Quintiliano defiende que la fórmula más eficaz de enseñanza debe apoyarse en la lectura y en el comentario de textos de oradores e historiadores, en la práctica de la redacción y en el hábito de la autocorrección. Aconseja los ejercicios de memorización y de declamación.
Quintiliano, tras criticar varias definiciones de Retórica ‑Córax, Isócrates, Gorgias, Aristóteles...‑ propone la siguiente: bene dicendi scientia. Su objeto es todo asunto humano. Afirma que los tres fines de la Retórica ‑enseñar, mover y deleitar‑ han de converger en un fin ético. Defiende, además, que la Retórica es un «arte» ya que ha de usar la técnica y procede de una manera metódica y ordenada.
Quintiliano dedica especial atención a la Psicagogía, al estudio de los aspectos emotivos del discurso. Distingue entre las emociones «imaginativas» y las «humorísticas». Entre las «imaginativas» separa la «patética», afección o pasión, y la propiamente «ética» o moral. La «patética» es vehemente y arrolladora, aunque momentánea; la «ética» es lenta e invasora, pero permanente.

El orador, según Quintiliano, debe ser capaz de «imaginarse» a sí mismo en la situación del oyente, de «simpatizar» con él. No puede conformarse con tratar de convencerle con argumentos racionales sino que, además, ha de emplear los recursos que exciten las emociones del oyente y lo muevan a adoptar una determinada actitud y a efectuar un coherente comportamiento. Reinterpreta la distinción aristotélica entre éthos y páthos: el primer concepto requiere un estilo sobrio y el segundo un afecto vehemente.

Maestra en formación: Dayana Guerrero 


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